jueves, 18 de diciembre de 2008

Lento adiós

Y cuando al fin los labios lograron juntarse, tuvieron que separarse para siempre. Tan sublime y real; tan incierto para ser cierto; inolvidable e inalcanzable. Eran dos extraños que jugaban a conocerse, pretendían ser parte de una historia llena de arreglos y música. Bastó unos segundos para que una lágrima deslice tantos sentimientos. Ellos de espalda implorando que la luz se cuele por la pequeña ventana que simulaba alumbrarlos vagamente. El silencio fue el inicio de la huída inevitable. Se levantaron simulando no estar despiertos, mientras escuchaban lentamente el palpitar del otro, dejando que la respiración se entrecorte a cada nuevo paso, lo mira, de cerca lo mira, cada vez mas de cerca, los labios se encuentran y luchan tibiamente, entrelazándose en una promesa falsa, tan efímera como quimérica; tan irreal como un sueño, un sueño en el que uno va volando, jugando entre las nube, percibiendo el aroma del mar y de repente las alas desaparecen y el impacto de la caída es lo que nos hace despertar de golpe. Así de profundo fue el momento en que ellos simulaban amarse. Pero pronto había que despertar, el silencio fue interrumpido por unas lágrimas, la inercia los separó, el susurrar del seco viento irrumpió fuertemente en la habitación, en el falso silencio que reclamaba una vez mas convertirse en silencio, mientras un rostro pálido se asomaba por la pequeña ventana en un intentó de evasión momentánea de la realidad con un cigarro en los labios, tratando de encontrar las palabras exactas que combinadas lograrían su objetivo. No apartó la mirada del oscuro cielo iluminado con unas pocas estrellas. Cuando, en el otro extremo de la habitación el llanto había cesado convirtiéndose en pasos lentos, tan seguros que transmitían una extraña rudeza. Volvieron a mirarse lentamente, a escasos centímetros, sus ojos pedían auxilio, mientras los brazos se entrelazaban en un acto compasivo. Lentamente se fueron despegando, muy lento y a la vez muy extraño. Nuevamente de espaldas y un nuevo cigarro anunciaba lo que al inicio del relato comenté, un adiós, un adiós definitivo. Los pasos se detuvieron, aun de espaldas y con la esperanza de no escuchar el sonido de la puerta. Giró lentamente, arrojó el cigarro muy lejos, se miraron por última vez, se miraron tan profundo con un adios en la mirada, interpretando por ultima vez, los sentimientos mal expresados. El fúnebre silencio anticipó el adiós. Nuevamente de espaldas y el metálico sonido del pestillo, un último golpe seco de la puerta al cerrarse. Nuevamente el silencio se apoderó de la habitación, un silencio tan expresivo, tan prolongado, tan fúnebre.

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